este artículo que publicó andrés neuman en el último número de babelia me conduce loquísima. creo qu
The steel helmet fue el primer éxito comercial de Samuel Fuller, uno de los “chicos malos” oficiales de Hollywood, uno de esos directores considerados como sensacionalistas y políticamente incómodos en Estados Unidos pero que en Europa siempre ha sido tomado por creador de culto. Tras iniciarse como periodista de sucesos y escritor de novelas pulp, Fuller comenzó a escribir guiones durante los años treinta e incluso dirigió un par de westerns convencionales. Sin embargo, en 1951, con Casco de acero dio el primer toque de atención a crítica y público sobre sus enormes facultades como cineasta, un excelente pulso narrativo, el empleo de largas tomas y planos secuencia y también de primerísimos planos, al igual que sobre su gusto por las historias potentes y cargadas de violencia a través de la cual denunciar déficits sociales y políticos.
Nos encontramos en la guerra de Corea: Zack es el único americano que ha sobrevivido, gracias a su casco, que en recuerdo conserva la perforación de la bala, a la ejecución masiva de su pelotón por parte de los soldados comunistas. Junto al niño coreano que le libera de sus ataduras y un enfermero que encuentran en el bosque, se unen a una patrulla desorientada cuya misión consiste en tomar un templo budista utilizado por el enemigo como base de operaciones. Sin embargo, al llegar la posición parece desierta, y ellos la ocupan mientras esperan que llegue su relevo. No obstante, el enemigo no anda muy lejos, y no tardan en producirse bajas en el pelotón provocadas por unos combatientes invisibles que se mueven en la oscuridad de la noche.
Con una precariedad de medios evidente y unas limitaciones de presupuesto que le obligaron a economizar utilizando imágenes de archivo de la guerra real, Fuller construye un atípico alegato antibelicista que, además de cargar las tintas contra la crueldad y la violencia al margen de toda ley, sentido o sentimiento humano, apunta al origen de los conflictos, a los intereses que mueven a los gobiernos a involucrarse en escaladas armadas, y a los pretextos que enarbolan para obligar y convencer a los más desfavorecidos de sus sociedades a que acudan a morir por unos motivos que les son ajenos y que son vendidos con propaganda grandilocuente y discursos falseados. En ese sentido, resultan elocuentes las conversaciones que el prisionero coreano mantiene con dos de sus captores, en primer lugar el soldado negro, al que le pregunta cómo es posible que luche por un país que consagra la segregación racial y considera a los de su raza como animales o cosas, y no como a personas, y posteriormente con el soldado de origen japonés, al que le recuerda que sus conciudadanos japoneses nacidos o residentes en Estados Unidos fueron confinados en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.
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El último filme a modo de documental de Bahman Ghobadi
Nadie sabe nada de gatos persas el título a modo de metáfora de la última creación de Bahman Ghobadi (no es una estricta novedad pero la segunda vez que la ves te remueve tantas cosas por dentro que me resulta casi imposible no escribir este blog). Siguiendo su tónica habitual, el director iraní hace de este una especie de largometraje protesta, atacando las opresiones que ejerce el gobierno de su país sobre cualquiera que intente salirse de esos esquemas tan premeditadamente marcados. Todo ello con la inteligencia y frialdad suficientes como para no dejarse llevar por obiedades, y usando las imágenes como único instrumento.
Negar (Negar Shaghahi) i Ashkan (Ashkan Koshanejad) son los protagonistas de esta sobrecogedora historia que lleva el drama como un hecho tan monótono en la vida de los personajes, que se convierte en un elemento indispensable en su día a día. Dos jóvenes músicos especializados en rock indie, que al igual que cualquier artista con un mínimo de ambición, intentan por todos los medios salir de su país para poder mostrar al resto del mundo sus creaciones. Pero estos, se encuentran con la dificultadad añadida de verse atrapados por las leyes absurdas de un país que, de manera muy poco inteligente, intenta ocultar y después repudiar, conexión alguna entre sus ciudadanos y la cultura occidental.
La música es, sin duda, uno de los elementos más utilizados en la filmografia de Ghobadi. En al menos tres de sus películas como director es el hilo conductor que mueve a los personajes en las diferentes situaciones. Media Luna (2006) es un ejemplo claro de la obsesión de Ghobadi por utilizar el arte sonoro como elemento reivindicativo. Pero en esta última película, galardonada con el premio Un certain regard del Festival de Cannes, va más allá. La utilización de un género musical tan ligado, de forma simbólica, a la rebeldía como es el rock indie hace que, para sus protagonistas, el emblema se convierta en realidad.
Con este filme, el director mezcla realidad y ficción, bordeando el documental, con recursos formales propios de éste, con dudoso éxito. Además, en un momento determinado de la película se pierde en lo que parece ser una sucesión de videoclips baratos, al querer incorporar actuaciones de numerosos artistas iranis, centrados en géneros típicos de occidente como son el metal, el hip hop, el rock o el pop. Sin olvidarnos, claro, de ese extremadamente forzado y mal resuelto final, que pretende justificar tanto dramatismo. Lo que sí hace muy bien es el guiño inicial, en el que sale él mismo grabando un disco y hablando de su búsqueda de los protagonistas de una futura película sobre música clandestina iraní. Momento que recuerda a aquella mítica conversación entre Uma Thurman y Travolta en Pulp Fiction, en la que el maestro Tarantino intenta presagiar ese gran éxito llamado Kill Bill.